La Barraca | Page 3

Vicente Blasco Ibáñez
su madre y ver la peque?a habitaci��n que me hab��a servido de refugio. Mientras estas buenas gentes recordaban emocionadas mi hospedaje en su vivienda, fueron sacando todos los objetos que yo hab��a dejado olvidados.
As�� recobr�� el cuento Venganza moruna, volviendo �� leerlo aquella noche, con el mismo inter��s que si lo hubiese escrito otro. Mi primera intenci��n fu�� enviarlo �� El Liberal de Madrid, en el que colaboraba yo casi todas las semanas, publicando un cuento. Luego pens�� en la conveniencia de ensanchar este relato, un poco seco y conciso, haciendo de ��l una novela, y escrib�� LA BARRACA.
Dirig��a yo entonces en Valencia el diario El Pueblo, y tal era la pobreza de este peri��dico de combate, que por no poder pagar un redactor, encargado del servicio telegr��fico, ten��a el director que trabajar hasta la madrugada, �� sea hasta que, redactados los ��ltimos telegramas y ajustado el diario en p��ginas, entraba finalmente en m��quina. S��lo entonces, fatigado de toda una noche de mon��tono trabajo period��stico, me era posible dedicarme �� la labor creadora del novelista.
Bajo la luz viol��cea del amanecer �� al resplandor juvenil de un sol reci��n nacido, fu�� escribiendo los diez cap��tulos de mi novela. Nunca he trabajado con tanto cansancio f��sico y un entusiasmo tan reconcentrado y tenaz.
Al relato primitivo le quit�� su t��tulo de Venganza moruna, emple��ndolo luego en otro de mis cuentos. Me pareci�� mejor dar �� la nueva novela su nombre actual: LA BARRACA. Primeramente se public�� en el follet��n de El Pueblo, pasando casi inadvertida. Mis bravos amigos, los lectores del diario, s��lo pensaban en el triunfo de la Rep��blica, y no pod��an interesarles gran cosa unas luchas entre huertanos, r��sticos personajes que ellos contemplaban de cerca �� todas horas.
Francisco Sempere, mi compa?ero de empresas editoriales, que iniciaba entonces su carrera y era todav��a simple librero de lance, public�� una edici��n de LA BARRACA de 700 ejemplares, al precio de una peseta. Tampoco fu�� considerable el ��xito del volumen. Creo que no pasaron de 500 los ejemplares vendidos.
Ocupado en trabajar por mis ideas pol��ticas, no prestaba atenci��n �� la suerte editorial de mi obra, cuando algunos meses despu��s recib�� una carta del se?or H��relle, profesor del Liceo de Bayona. Ignoraba yo entonces que este se?or H��relle era c��lebre en su patria como traductor, luego de haber vertido al franc��s las obras de D'Annunzio y otros autores italianos. Me ped��a autorizaci��n para traducir LA BARRACA, explicando la casualidad que le permiti�� conocer mi novela. Un d��a de fiesta hab��a ido de Bayona �� San Sebasti��n, y aburrido, mientras llegaba la hora de regresar �� Francia, entr�� en una librer��a para adquirir un volumen cualquiera y leerlo sentado en la terraza de un caf��. El libro escogido fu�� LA BARRACA, �� interesado por su lectura, el se?or H��relle casi perdi�� su tren.
Con la despreocupaci��n (por no llamarla de otro modo) que caracteriza �� la mayor��a de los espa?oles en lo que se refiere �� la puntualidad epistolar, dej�� sin respuesta la carta de este se?or. Volvi�� �� escribirme, y tampoco contest��, acaparado por los accidentes de mi vida de propagandista. Pero H��relle, tenaz en su prop��sito, repiti�� sus cartas.
?He de contestar �� ese se?or franc��s--me dec��a todas las ma?anas--. De hoy no pasa.?
Y siempre una reuni��n pol��tica, un viaje �� un incidente revolucionario de molestas consecuencias me imped��a escribir �� mi futuro traductor. Al fin, pude enviarle cuatro l��neas autoriz��ndolo para dicha traducci��n, y no volv�� �� acordarme de ��l.
Una ma?ana, los diarios de Madrid anunciaron en sus telegramas de Par��s que se hab��a publicado la traducci��n de LA BARRACA, novela del diputado republicano Blasco Ib��?ez, con un ��xito editorial enorme, y los primeros cr��ticos de Francia hablaban de ella con elogio.
LA BARRACA que hab��a aparecido en una edici��n espa?ola de 700 ejemplares (vendi��ndose ��nicamente 500, la mayor parte de ellos en Valencia), y no mereci��, al publicarse, otro saludo que unas cuantas palabras de los cr��ticos de entonces, pas�� de golpe �� ser novela c��lebre. El insigne periodista Miguel Moya la public�� en el follet��n de El Liberal, y luego empez�� �� remontarse, de edici��n en edici��n, hasta alcanzar su cifra actual de 100.000 ejemplares, legales. Digo ?legales? porque en Am��rica se han hecho numerosas ediciones de esta obra sin mi permiso. �� la traducci��n francesa siguieron otras y otras, en todos los idiomas de Europa. Si se suman los ejemplares de sus numerosas versiones extranjeras, pasan seguramente de un mill��n.
Algunos j��venes que muestran exageradas impaciencias por obtener la fama literaria y sus provechos materiales deben reflexionar sobre la historia de esta novela, tan unida �� mi nombre. Para las gentes amigas de clasificaciones, que una vez encasillan �� un autor ya no lo sacan, por pereza mental, del alv��olo en que lo colocaron, yo ser�� siempre, escriba lo que escriba, ?el ilustre autor
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