Pequeñeces | Page 6

Luis Coloma
su premio de gimnasia... ¡Anda con Dios, hijo! Eso indica que
cuando seas grande sabrás tirar de un carro... ¡Con tal que me seas
bueno!... ¿No es verdad, Calixto, vida mía?...
Y estampaba en las mofletudas mejillas de su hijo esos estrepitosos y
apretados besos de las madres, que parecen mordiscos del alma.
El niño, enjugándose sus grandes ojos de un azul profundo, como el
mar visto de lejos, no se enteraba de nada. La señora volvió a decirle:
--Vamos, hijo mío, no llores... Anda, Calixto, no seas pazguato, dile
algo a ese niño... ¿No ves que llora?... ¿Cómo te llamas, hijo?
--Paquito Luján--respondió el niño.
--Pues no llores, Paquito, que tu mamá te estará esperando en casa...
Mira, Calixto, dale una de las cajas de dulces que te he traído..., o
mejor será que le des las dos; yo te compraré otras.
Y como viese que el niño rechazaba la linda cajita de la Mahonesa, que
no del todo satisfecho le alargaba Calixto, añadió:
--Tómalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... ¿No tienes
hermanitos?...

--Tengo a Lilí.
--Pues llévale una a Lilí. Y llévale también esto... y la buena señora
estampó en las mejillas del niño, llenas de lágrimas, otros dos sonoros
besos, que en vano pretendían suplir en ellas el calor que les faltaba de
los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna,
coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda
rizada en la mano, se acercó entonces al grupo:
--Cuando el señorito quiera, está esperando el coche--dijo
respetuosamente al niño.
El pobre señorito se levantó de un salto, y abrazando con un
movimiento lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigió a la puerta,
sin querer entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja
del jardín le detuvo el padre rector, que allí estaba despidiendo a los
niños; besóle Paquito la mano, y abrazándole él cariñosamente, le habló
breve rato al oído.
Púsose el niño muy encarnado, corrieron de nuevo sus lágrimas y con
verdadera efusión llevó por segunda vez a sus labios la mano del
religioso.
Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos
de despedida.
--¡Adiós!... ¡Adiós!...--repetía el anciano.
Todavía aparecían algunas manitas saludando a lo lejos por las
ventanillas de los coches:
--¡Adiós!... ¡Adiós!...
Ocultáronse al fin todos en el último recodo del camino, y sólo quedó
la llanura árida, la polvorienta carretera, el pueblo de barracas, el
colegio solitario, silencioso como una jaula de jilgueros vacía, y a lo
lejos, acechando entre la bruma, Madrid, la gran charca.

El pobre viejo dejó caer entonces los brazos abatidos, bajó tristemente
la cabeza, y entróse en la capilla murmurando:
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida! ¿Se acordarán de ti?

--II--
Era aquella misma tarde poca la animación y escasa la concurrencia en
el fumoir de la duquesa de Bara. Casi tendida ésta en una chaise-longue,
quejábase de jaqueca, fumando un rico cigarro puro, cuya reluciente
anilla acusaba su auténtico abolengo: tenía sobre las faldas, sin
anudarlo, un delantillo de finísimo cuero y elegante corte, para
preservar de los riesgos de un incendio los encajes de su matinée de
seda cruda, y sacudía de cuando en cuando la ceniza en un lindo barro
cocido, que representaba un grupo de amorcillos naciendo de
cascarones de huevo en el fondo de un nido.
Pilar Balsano fumaba, haciendo figuras, otro cigarro no tan fuerte, pero
sí tan largo como el de la duquesa, y Carmen Tagle se desquijaraba
chupando un entreacto que se mostraba algún tanto rebelde.
--Está visto que no tira--dijo de pronto.
Y para cobrar nuevas fuerzas se bebió poquito a poco, y con aire muy
distinguido, una tercera copita del whisky, bastante fuerte, que
juntamente con el té, los brioches y sandwiches, habían servido en rico
frasco de cristal de Bohemia.
La señora de López Moreno, gorda y majestuosa como las talegas de su
marido, contraía sus gruesos labios para chupar un cigarrito de papel, y
reíase maternalmente al ver a su hija Lucy, recién salida del colegio,
dar pequeñas chupadas en el cigarro mismo de Angelito Castropardo.
Chupaba la niña y tosía haciendo monadas; chupaba Angelito para
darle magistral ejemplo, y tomaba a chupar y a toser la colegialita,
encontrando el juego muy divertido. Parecía complacerla mucho tener
por maestro un grande de España, y procuraba estudiar el chic de
aquellas ilustres damas, que como modelos de distinción le proponía su

madre. Todavía, sin embargo, encontraban en ellas sus ojos de
colegiala cosas harto extrañas.
Disgustaban a la duquesa las risotadas de la banquera; pero pasaban de
dos millones las hipotecas que el cónyuge de esta tenía sobre los bienes
de aquella, y ante la perspectiva de una prórroga necesaria, era preciso
preparar el terreno con paciencia y
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