saber oculto se opon��a en lo m��s m��nimo a las ortodoxas afirmaciones en que por fe cre��a y que forman la base de la religi��n de que era ministro y sacerdote.
Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmar�� ni negar�� yo, que hubiese o no hubiese error en el pensamiento del Padre Ambrosio. S��lo dir�� lo que ��l pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdad incontrovertible era para ��l cuanto est�� contenido en las sagradas escrituras, interpretadas recta y autorizadamente por los santos Padres, por los concilios y por la cabeza visible de la Iglesia; pero, con independencia de esta verdad, contra la cual nada pod��a prevalecer, ve��a el Padre Ambrosio una amplia extensi��n, un inmenso y casi ilimitado campo, por donde la inteligencia, la voluntad ansiosa de descubrir misterios y hasta la fantas��a creadora que forjando hip��tesis tal vez los explica y los aclara, pod��an volar libremente, sin ofender a Dios, antes bien, ensalz��ndole y glorific��ndole hasta donde es capaz de ello la pobre criatura humana.
Para el Padre Ambrosio la revelaci��n era de varios modos y no acababa nunca. Con frecuencia sal��an de su boca estas palabras que San Juan, en su evangelio, pone en los labios de Cristo: _A��n tengo que deciros muchas cosas; mas no las pod��is llevar ahora_. Muchas cosas quedaban a��n por revelar. De algunas de ellas supon��a el Padre Ambrosio que ��l ten��a conocimiento, pero este conocimiento era incomunicable, al menos para la generalidad de los hombres, porque ahora, entonces, en el momento en que el Padre Ambrosio hablaba y pensaba, _no las pod��an llevar_, esto es, no pod��an comprenderlas.
As�� fundaba el Padre Ambrosio su ocultismo en un texto sagrado.
Y no por eso desconoc��a los peligros a que se hallaba expuesto, penetrando con su esp��ritu por medio de hondas e inexploradas tinieblas en busca de nuevas verdades.
Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le siguieran en tan peligroso camino los que no tuviesen valor probado y la serenidad y la elevaci��n de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez de hallar nueva luz caer en transcendentales errores como en profund��sima sima.
En la mente del Padre Ambrosio hab��a adem��s otro motivo que justificaba la no transmisi��n de mucha parte de su ciencia. La palabra alada no pod��a llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebro humano a otro cerebro humano. No hab��a frase, ni giro, ni idioma capaz de expresar y de formular de modo sensible lo que el Padre supon��a haber aprendido o descubierto all�� en las ra��ces y abismos de su mente cuando tan hondo penetraba. A resurgir de all�� su esp��ritu se figuraba que volv��a, no ya ba?ado, sino impregnado de luz viv��sima, que s��lo pod��a pasar inmediatamente a otras almas y no mediatamente por los sentidos corporales y groseros. Quien anhelase poseer aquella ciencia y el poder que ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no pod��a adquirirla por la ense?anza oral o escrita de hombre alguno, sino descendiendo en su busca hasta los abismos donde quien la tra��a consigo la hab��a alcanzado.
En suma, el Padre Ambrosio pod��a ense?ar, y ense?aba, toda aquella parte m��s vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento experimental del organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, de linimentos y pociones; pero la potencia m��gica de su alma, la fuerza que hab��a tomado el esp��ritu en la propia ra��z de su ser y con la que avasallaba las substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto no pod��a transmitirse. Ni por difusi��n ni por intensidad cab��a en esto adelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes sab��a y pod��a m��s que el Padre Ambrosio. En su ciencia intransmisible no hab��a habido ni pod��a haber habido progreso. El progreso, la difusi��n por ense?anza era dable para los menos iniciados en no peque?o conjunto de noticias, de secretos raros y de atinada averiguaci��n de propiedades de los seres.
De los tres adeptos que el Padre Ambrosio ten��a, el m��s adelantado era el hermano Tiburcio, humilde lego, aunque se?alad��simo y estimad��simo en el convento por su ferviente piedad religiosa.
Esta piedad hab��a hecho que en un principio mirase el hermano Tiburcio con repugnancia y hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que con vaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, la doctrina del Padre Ambrosio penetr�� con ��mpetu en el esp��ritu del hermano Tiburcio, arrollando toda contradicci��n y produciendo all�� viv��sima fe y devoto entusiasmo.
El mayor recelo del hermano Tiburcio se hab��a disipado. Hab��a pensado ��l que la doctrina ortodoxa deb��a circundar y encerrar el esp��ritu como fuerte muro flanqueado de eminentes torres; y tem��a que al salir de ��l el esp��ritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagando los faros luminosos que en las torres resplandec��an, y que el esp��ritu entonces,

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