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Emilia Pardo Bazán
que Anís
había renunciado a su propósito. Hablaba con Picardo muy formal,
demostrándole una cortesía deferente. Cuando sonó la hora de retirarse,
Anís me hizo una seña disimulada de que saliésemos con Picardo. Miré
de reojo. Picardo recogía del bastonero su bastón y se apoyaba en él
como todos se apoyan; sin fijarse. Al hacerlo, pareció que tropezaba.
Le vimos examinar el bastón con sorpresa, encogerse de hombros y
echar a andar.
-¿Ha cortado usted el bastón? -pregunté sofocando la risa.
-Tan poco, que apenas se nota -respondió Anís en el mismo tono-. Y

pienso continuar todos los días, pero solo una pizca, una miaja. La
gracia está en que el bonus vir se figure que el bastón encoge. Saco la
contera y la vuelvo a colocar, y ni visto ni oído. Hoy algo percibió,
pero se figurará que ha soñado. Verá usted cuando transcurra tiempo.
No volvamos a salir con él: puede escamarse.
Así se hizo. Nos limitamos a observar al paciente con el rabo del ojo.
Desde el cuarto día se reveló su preocupación. Era, no obstante, tan
poquito lo que del palo raía Anís, que no pudo germinar la sospecha de
la broma. A cada paso estaba Picardo más abstraído, más metido en sí,
más melancólico. Llegó el período de hablar solo, de accionar sin causa.
Alguna vez nos fijó angustiosamente. No sé si era que quería
consultarnos o que recelaba. Esto último no debía de ser, porque todo
se hizo de un modo impenetrable. El portero veía a Anís raer el bastón,
pero un duro nos aseguró su silencio.
Alarmado yo por la expresión de extravío de la cara de Picardo, al fin
me solivianté:
-Oiga usted, Anís: no más... Hay que desengañarle.
Anís se rió y asintió:
-Bien; pues se le desengañará mañana; entre otras cosas, porque ya el
bastón no mide una altura verosímil.
Y el mañana no llegó nunca. Al otro día, Picardo no concurrió a la
oficina: había tenido un acceso de su antiguo frenesí en mitad de la
calle; gritó, pegó, quiso matar a un policía y le encerraron,
naturalmente, en un manicomio.
-¿Y su hija? -pregunté.
-No sé qué habrá sido de ella -contestó el narrador, encogiéndose de
hombros, con indiferencia distraída.
Eximente

El suicidio de Federico Molina fue uno de los que no se explica nadie.
Se aventuraron hipótesis, barajando las causas que suelen determinar
esta clase de actos, por desgracia frecuentes, hasta el punto de que van
formando sección en la Prensa; se habló, como siempre se habla, de
tapete verde, de ojos negros, de enfermedad incurable, de dinero
perdido y no hallado, de todo, en fin... Nadie pudo concretar, sin
embargo, ninguna de las versiones, y Federico se llevó su secreto al
olvidado nicho en que descansan sus restos, mientras su pobre alma...
¿No pensáis vosotros en el destino de las almas después que surgen de
su barro, como la chispa eléctrica del carbón? ¿De veras no pensáis
nunca, lo que se dice nunca? ¿Creéis tan a pies juntillas, como
Espronceda, en la paz del sepulcro?
El príncipe Hamlet no creía, y por eso prefirió sufrir los males que le
rodeaban, antes que buscar otros que no conocía, en la ignota tierra de
donde no regresó viajero alguno.
Tal vez, Federico Molina no calculase este grave inconveniente de la
sombría determinación: no sabemos, no sabremos jamás, lo que creía
Federico -ni aun lo que dudaba-, porque a Hamlet, trastornado por la
aparición de la sombra vengadora, no le preserva de atentar contra su
vida la fe, sino la duda; el problema del «acaso soñar...»
Una casualidad de las que parecen inventadas y no pueden inventarse,
trajo a mis manos algo que a un diario se asemeja; apuntes trazados por
Federico, que tenían en la primera hoja la fecha de un año justo antes
del drama. La clave de su desventura la encierra el elegante álbum con
tapas de cuero de Rusia, con las iniciales F. M. enlazadas, de oro,
vendido a un prendero en la almoneda, adquirido por un aficionado a
encuadernaciones, que arranca cuidadosamente lo escrito o impreso y
solo guarda la tapa, habiéndose formado una soberbia, ¿diré biblioteca?,
de forros de libros, y a quien yo he suplicado que me ceda lo de dentro,
ya que solo estima lo de fuera -y tal vez es un gran sabio-. Así pude
penetrar en el espíritu del suicida, y creo que nadie traducirá sino como
yo las traduje las indicaciones que extracto coordinándolas.
***

«¡Siempre lo mismo! La impresión persiste.
¿Cómo empezó?
Esto es lo malo: no lo puedo decir. Fue tan insensible la inoculación,
que apenas recuerdo antecedentes.
No veo causa, no veo origen definido. No he recibido, a mi parecer,
ningún susto; no he sufrido emoción alguna, profunda o repentina y
sobrecogedora, que justifique estado de ánimo tan
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